El monte Naranco, uno de los emblemas de Oviedo, ardió la semana pasada. La sede de Balbino en la ciudad está a unos centenares de metros de su falda.

Aquí os dejamos un paseo de Pedro S. nuestro director de tejidos y una de las personas que mejor conoce la montaña carbayona.

Pocos recorridos sientan tan bien como ese paseo por el Naranco, a media altura y en dirección oeste, que se solapa con uno de los tramos del Camino de Santiago (el recién bautizado “Camino Primitivo”, para distinguirlo bien del resto de caminos jacobeos y dejar bien claro que éste fue el primero y genuino).

No son sus vistas espectaculares, que también, sino los detalles más sutiles. El sempiterno aroma a tierra húmeda de este monte (su propio nombre es un hidrónimo “lugar abundante en aguas” , dicen los
conocedores), los sonidos de las esquilas abajo en el valle (a veces sofocados por el roncón impertinente de alguna desbrozadora, que todo hay que decirlo) y la fuerte carga histórica que se te echa encima allá
donde uno mire.

A la derecha, con la montaña pegada al hombro, fuentes y antiguos lavaderos, toda una industria en el siglo XIX y principios del XX. Restos de antiguos caleros y minas férricas. Y cuestas imposibles, sorprendentes
para un monte tan recatado y poco ostentoso.

A la izquierda, desdoblándose el paisaje y abriendo al fondo el muestrario de la cordillera cantábrica, definiendo tu burbuja y ofreciéndote con descaro la escala de ti mismo, una medida de la propia insignificancia.

No tan lejos, a media distancia, se alza a la vista una sierra imponente, contrafuerte natural de la cordillera, el Aramo o “encrucijada de caminos” tal y como la veían los celtas (algún osado tuvo la ocurrencia de coger
prestado el nombre para actividades tan prosaicas como sidrerías, tiendas de recambios o incluso alguna pañería, que ya hay que ser retorcido).

Y justo delante, más acá, como haciendo guardia, el monte más sagrado de los astures, el Monsacro, donde en su día el monje Toribio (no el santo de Liébana, sino el otro) ocultó de manos infieles las santas reliquias
rescatadas de Jerusalén, permaneciendo allí durante 80 años, hoy albergadas en La Cámara Santa de La Catedral ovetense.

Avanzan las piernas pisando bosques (El Payán, con robles centenarios, tras Las Campas) y bordeando pueblos bautizados con los nombres de conquistadores godos y romanos.. Villamar (la villa o casa de Mario),
Villamorsén (la casa de Armesindo), Lloriana (la casa de Floriano), y ya en Llampaxuga, a la entrada de La Capilla del Carmen, raro es no encontrarse con peregrinos sellando su cartilla, para que quede buena constancia del pateo, que también de eso se trata, no vaya a ser que algún que otro mortal y hasta el mismo Altísimo estuvieran en ese momento distraídos, y quedara la cosa obviada a efectos del baremo.

¿Que por qué me gusta este paseo?

Pues no sé.. por todo y por nada. Por reducción al absurdo… porque puedo asumir la premisa de que algo habrá que no me guste. Y luego no soy capaz de encontrarlo.