Cuando viajamos con los Balbino sucede, a veces, una cosa singular: por unos instantes nos convertimos en seres invisibles. El tiempo parece transcurrir ajeno a nuestra presencia. Es como si, haciendo un símil millennial, alguien pulsara la opción “desenfocar” y, entonces, las zapatillas se quedaran en el centro de la imagen y nosotros en un suburbio desconocido.

La entrada a una tienda nunca es fácil. Vayas o no con cita previa, estás ocupando parte de su tiempo. Y claro, en Zapatillas Balbino no tenemos comerciales profesionales, y visitamos a nuestros clientes ¿adivinan? efectivamente, solemos hacerlo los sábados, que es el día de más venta. Es decir, que muy amablemente te hacen un hueco, pero lo vas a compartir con los clientes, esos curiosos seres que van a comprar, y no a vender. Que vas con desventaja, vaya.

Pero, por muy sábado que sea, y por mucho éxito que tenga la tienda, siempre sucede. Es el eterno retorno de Nietzsche. Cuando la caja se abre y los Balbino se desparraman con ordenado desorden, la atención se centra sobre ellos y nosotros pasamos a una dimensión desconocida, a medio camino entre el vendedor y el cliente.

Es entonces cuando, de una forma clara y contundente, escuchamos todo lo que piensan de los Balbino. Sin medias tintas.

Oyes lo que se dicen unos a otros: “Me gustan mucho”; “No sé si tenemos público para esto”; “A mí no me convencen”; “pues a mí me encantan”.

Y tú, mientras, cierras los ojos e intentas que el bien le gane al mal (el bien, obviamente, son los que se inclinan por comprar las Balbino), y tratas de jugar con sus mentes de alguna forma, llevándolas por el camino correcto. Las tocan, las doblan, las ponen en el suelo… y, de repente, la invisibilidad desaparece y te traen de vuelta al mundo real.

Suele ser con una pregunta. Y, en función del tipo, sabes si las Balbino han encontrado un nuevo hogar o no. A nosotros nos encanta cuando preguntan por el tiempo de reposición. Aunque la alegría nos dura poco, porque la colección de Pañerías Desaparecidas, por ejemplo, es tan limitada y exclusiva que es un marrón ponerse a explicar que la reposición es de aquella manera. “De aquella manera” es un eufemismo, claro.

A veces, con la alegría de una venta, nos olvidamos incluso de cerrar el pedido, lo cual nos obliga a rematarlo en correos electrónicos o llamadas. Pero seamos sinceros: ¿a quién le importa cerrar un pedido cuando ha experimentado el poder de la invisibilidad? A nosotros no, desde luego.