En temas de marketing y venta de productos, solo hay una cosa más importante que el hecho de que algo sea gratis: DECIRLO. Nosotros lo aprendimos cinco años después de haber montado la empresa. De repente un día, en una reunión, alguien nos sugirió que por qué si nuestros envíos eran gratis no lo decíamos. Contestamos que era obvio, porque en ningún momento se añadía cargo alguno por el transporte. Pero resulta que no es tan obvio, porque la mente humana, a la hora de comprar, funciona de una manera peculiar. Hay palabras que se convierten en el árbol que no te dejan ver el bosque. “Gratis”, es una de ellas.

Gratis es una palabra tan mítica que ya en latín se decía igual. Y nadie la ha cambiado porque ya se sabe que no hay que tocar lo que funciona. Se traduciría por “haciendo un favor” o “por agradar”.

No éramos conscientes de la fuerza de esa palabra hasta que la semana pasada nos percatamos de que en nuestra web teníamos una errata. Es bastante probable que tuviéramos muchas más -y así nos lo hizo saber la gente que participó en el peculiar juego que planteamos-, pero esta tenía delito: es una de las únicas seis palabras que se repite en todas las páginas. Y cuando decimos todas es en TODAS, porque está el friso (qué palabra, friso) estático que manda en la web. La palabra en cuestión es “península”, que nosotros teníamos escrito “penísula”. Tiene mérito haber persistido tanto en el error porque ahora, al escribirla, el corrector nos la ha corregido hasta en tres ocasiones.

Y ustedes se preguntarán ¿y dónde está la gracia del asunto? Pues en que “península”, en este caso, va detrás de “gratis”. Y claro, detrás de “gratis” da igual lo que escribas, porque es bastante probable que a nadie le importe. Qué listos eran los romanos. Gratis y cierro.