(Esta entrada también se podía haber llamado “De cómo unas turbulencias en un avión dejaron sin sus Balbino a Carlos Baute”, pero era demasiado largo)

Todos los caminos, incluidos los de las zapatillas de andar por casa, llevan al mismo lugar: intentar vender más. En Balbino nos pasamos el día pensando campañas. Unas son mejores. Otras, no tanto. Algunas funcionan sin que lo esperemos. Las que nos parece que lo van a petar se quedan en nada. En fin, la vida.

También somos un poco raritos con el tema de la publicidad. Este año, por ejemplo, hemos invertido desde septiembre 50 euros (este ejercicio de transparencia implica que, si alguna agencia tenía pensado llamarnos y lee esto, ya no lo hará). En gran parte porque no entendemos cómo funciona la publicidad en redes sociales.  Y en un pequeño porcentaje porque mantenemos ese toque naif de pensar que podemos llegar a algún lado sin publicidad (aviso a navegantes: sale regulín regulán).

Pero hay un debate que nos apasiona. Sobre todo porque es una discusión estéril que sabemos que no va a llegar a ningún lado, pero que nosotros alargamos y alargamos porque tiene algo de placer culpable. Es el debate sobre las personas influyentes que -aquí vamos a utilizar un término técnico que hemos aprendido de alguna de las agencias que contactaron con nosotros sin saber lo innovador de nuestro presupuesto en publicidad- CONVIERTEN. Es decir, las personas que publican en sus redes sociales una foto o un comentario sobre tu producto que hacen que sus seguidores lo compren de inmediato.

Cuando intentamos hacer un listado, vamos repasando las listas de personas influyentes -basándonos en el número de seguidores- y fantaseando con ver unas Balbino en sus publicaciones. A medida que avanza la conversación, vamos rebajando las expectativas hasta que alguien, con tono profesional, dice del último candidato: “¡Naaaa, no convierte!”. Y el resto asentimos como si supiéramos de lo que hablamos. Y es evidente que no, porque una vez dijimos eso de un perfil conocido que había comprado unas Balbino y, al rato de subirlo, nos entró hasta una venta de ocho pares. Nos asustamos tanto que estuvimos a punto de llamar a la persona en cuestión para preguntarle si se había equivocado.

El caso es que la conversación va avanzando y, de repente, encendemos lo que nosotros conocemos como el “modo Hola!”. Lo llamamos así porque, por alguna extraña razón, al final del debate solo nos salen nombres de personajes que aparecen con regularidad en la citada revista. Nati Abascal, por ejemplo, es un clásico de nuestras conversaciones. También Norma Duval o Paloma Cuevas. En realidad lo que nos gustaría es salir en el Hola!, vaya.

Al final siempre terminamos llegando a la conclusión de que lo que más y mejor convierte son los amigos de Balbino, que compran sus productos y los comparten porque quieren y porque pueden. Y lo mejor de todo es que nos lo creemos.

Pero, como casi todos los emprendedores, estamos moderadamente obsesionados con vender y hacer este proyecto viable. De ahí que unas turbulencias en un avión dejaran sin zapatillas al cantante venezolano, sin tener él -pobrecito nuestro- ninguna culpa. La historia es que Baute iba el otro día en un vuelo regular con Marta Sánchez. Hubo turbulencias y una azafata les propuso que por qué no cantaban algo para calmar a la gente. Cogieron el teléfono de la tripulación y cantaron “Colgado en tus manos” (nos abstenemos de hacer comentarios sobre el título de la canción elegida para ese momento). Parece ser que cuando terminaron de interpretar la canción, la cosa se calmó.

Muchos de los pasajeros del avión grabaron la actuación y la subieron en redes. Los medios de comunicación publicaron la noticia.

A la mañana siguiente, un mensaje apareció en el chat de Balbino:

“Carlos Baute no convierte”, decía.

La respuesta del resto pidió una explicación.

“Os juro que soñé con Carlos Baute y lo primero que aparecía en el sueño era alguien diciendo que no nos salía rentable enviarle unas zapatillas”.

Pues nada, Carlos Baute, te quedaste sin tus Balbino. Sin comerlo ni beberlo. Marta Sánchez también, tranquilo.