En nuestro boletín de mayo, hablamos de las manías. Tanto de las que vamos adquiriendo a lo largo de la vida como de las que nos inventábamos en la infancia.

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Elegimos los temas del boletín por consenso. Como el último había sido un poco ñoño -los paseos- se propuso hacer algo un poco más provocador. De ahí que eligiéramos las manías.

Lo que ninguno nos esperábamos era que nos íbamos a pasar una hora y media hablando de canciones a las que tenemos manía. (Información de servicio: el boletín siempre termina con una lista de música, aunque no sabemos si es buena idea que, si eres nuevo, empieces abriendo una lista formada por canciones que no nos hacen especial gracia).

-“Yo no puedo con Chiquilla, con Mucho mejor ni con la de Salta”, dijo la primera voz, que parecía que había nacido para hacer un listado de canciones a las que tenía manía.

-“Pero Los Rodríguez están bien”, le respondieron.

-“A mí Los Rodríguez me encantan, pero ¿estamos hablando de grupos o de canciones?”.

-“De canciones”, respondió el coro.

-“Ah, pues yo iba a meter a Rosana”, dijo una segunda voz.

-“Pues no vale, tienes que elegir una canción de ella a la que le tengas manía”, contestó de nuevo el coro.

-“Pero es que le tengo manía en general”.

-“Ya, pues te la escuchas un poco y nos dices qué canción has elegido”.

-“¿Pero cómo voy a escucharla si le tengo manía?”

-“Es que tener manía no es un asunto menor, no se pueden tener manías así a la ligera”, sentenció el coro.

Llegó entonces el momento verbena de la conversación.
-“¡Bomba!”
-“¡La mayonesa!”
-“¡La de la gasolina!”
-“¡Resistencia de Ska-P!”.
-“La de Cuéntame un cuento!”.
-“¡La discografía de Melendi!”.
-“¡Que no se puede generalizar!”.

-“Yo hay una que no sé si le tengo manía o qué, tengo sentimientos encontrados: la de la Fiesta pagana de Mago de Oz”, dijo una tercera voz. Y fue precisamente como cuando en las verbenas suena esa canción, que ya es como que va llegando el final de ese pase.

Entramos entonces en una fase un poco más elevada de la conversación en la que la cuarta voz dijo dos cosas:

-“Lo primero, es que creo que la manía que tenéis a todas esas canciones es directamente proporcional al número de veces que las habéis escuchado”. Y todos asentimos.

-“Lo segundo, me gustaría incluir todas las canciones que conllevan una serie de pasos de baile coordinados. Tipo Paquito el chocolatero, la de Follow the leader o cualquier letra que conduzca a una conga”. Unanimidad.

-“Oye, ¿y de canciones en inglés?”.

-“A mí me cansa mucho Losing my religión”, dijo la quinta voz.

-“A mí antes también, pero desde que vi Aftersun me reconcilié un poco con la canción”, dijo la primera”.

-“Yo no puedo con Sunday Bloody Sunday”.

-“A mí me pone mala la de Gangsta´s Paradise, la de la película aquella de Michelle Pfeiffer…” En ese momento se puso a cantarla y todos le cogimos manía de inmediato. A la canción, se entiende.

-“¿Y la de Entre dos tierras? Directa a la lista”, dijo la tercera voz.

(Nota mental: algún día deberíamos hablar del amor-odio que genera Bunbury).

-“Mete también la de Lobo hombre en París, ya que estamos”, dijo la sexta voz, que permanecía agazapada.

-“¡Y a Revólver!”, dijo la tercera.

-“Y dale, ¡que no se puede generalizar, que hay que meter canciones concretas!”, reapareció el coro.

-“¡Pues la de El roce de tu piel”, respondió como queriendo ganar de cualquier manera.

-“Esa canción nos encantaba a mi hermano y a mí”, dijo la primera voz.

“Ya, pero es que esto va de manías personales, así que, ¡a la lista!”.

Y así fuimos rellenando una lista que ni nosotros mismos nos atrevemos a reproducir.

Pero ahí quedará, para la historia de Balbino.

Porque las canciones a las que tenemos manía también dicen mucho de nosotros.