Todas las personas que pasan por Balbino aportan algo a la empresa.

Carmen, sobrina de uno de los socios, estuvo unos meses echándonos un cable con las redes sociales y con algunos aspectos de la web.

Un día nos dijo que había instalado una ventana emergente en nuestra página para que las personas que la visitaran pudieran dejar su correo electrónico y apuntarse a nuestro boletín (ella, que es insultantemente joven, lo llamó newsletter, claro). Solo fallaba un pequeño detalle: que ni había boletín ni se lo esperaba.

Años después, cuando todas las compañías normales tenían el suyo, en Balbino empezamos a pensar en hacer el nuestro. Buscamos una empresa -nos decantamos por Mailerlite- y comenzamos a darle vueltas al contenido y a la periodicidad. Cuando lo definimos, solo faltaba tener a quién enviárselo.

Alguien recordó entonces que Carmen había abierto aquella ventana. Fuimos a la base de datos y nos encontramos varias decenas de personas que debían de llevar años pensando que Balbino tenía el boletín menos intenso de la historia.

Si esto fuera una película, ahora le daríamos al botón de pasar hacia delante y nos encontraríamos con que ya somos 1014 suscriptores. 10 boletines después, seguimos sufriendo con cada persona que se da de baja y seguimos sin entender como funciona lo de vender por Internet, pero a cambio nos lo pasamos bien contando historias y compartiendo descubrimientos.

Pero no hemos venido aquí a contar una historia de felicidad y éxito, sino una nueva experiencia balbínica. Allá va.

Cuando el número de suscriptores comenzó a subir, en la pantalla de control del boletín apareció una llamada de atención que venía a decir algo así como que lo estábamos haciendo muy bien y que cuando llegáramos a los 1.000 suscriptores nos elevarían el nivel. Pasaríamos a otro plan. El anuncio iba en verde -buena señal- y ejerció de motivación extra. Nos conjuramos para ir subiendo poco a poco, pidiendo cada día a cinco personas su dirección de correo electrónico (a cinco personas a las que conocemos, se entiende).

Aquella franja verde que aparecía cada día cuando entrábamos en la página de Mailerlite era, para nosotros, la tierra prometida. Nos imaginábamos que alcanzábamos esa cifra y que de repente empezaban a salir arco iris de nuestros ordenadores. Que esos arco iris se conectarían con los que al mismo tiempo saldrían de los ordenadores y teléfonos móviles de nuestros suscriptores, que comprarían inmediatamente un par (por lo menos) de Balbino nada más recibir el siguiente boletín, que iría cargado de innovaciones tecnológicas y maravillas cibernéticas. Y hala, en un correo electrónico, todo vendido. Hasta la temporada que viene. Un mundo feliz y en zapatillas.

Fuimos remando. Nos propusimos llegar a 1.000 suscriptores en junio. Lo hicimos en noviembre.

¿Sabéis lo que pasó cuando alcanzamos la cifra? Pues que la plataforma nos dijo que muy bien todo, que por fin, que nos estaban esperando. Y que a partir de ahora, para poder enviar el boletín, teníamos que pagar el doble cada mes.

No nos vamos a engañar: nos sentimos un poco pringados al pensar en todas las esperanzas que habíamos depositado en la llegada de ese nuevo plan.

No os vamos a engañar: rápidamente nos dimos cuenta de que ya somos más de 1000 amigos y amigas de Balbino. Nos hizo mucha ilusión pensarlo. Gracias por estar ahí. Seguimos.

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